Pintura

Compromiso

December 29, 2015

Hace tiempo que me gusta estudiar las especificidades, o no, entre las empresas convencionales y las empresas culturales, a pesar de que a mucha gente durante décadas les ha hecho escozor hablar de empresas o industrias culturales. Por ejemplo, recuerdo cuando algunos puristas se desgarran los uniformes cuando veían anuncios de marcas comerciales fuera del ámbito artístico a Bonart; unos anuncios que han conseguido que llegamos a los 15 años -con este número cerramos los actos del aniversario-, y que son empresas que a menudo patrocinan los eventos relevantes del entorno artístico. Esta mentalidad ha cambiado, entre otros motivos, porque el dinero institucionales han reducido y la manera de buscar financiación se ha modificado radicalmente, aunque en ese Estado español actual es imposible impulsar una ley de mecenazgo, que no lo resolvería todo pero que pondría un buen atajo.
Pero no nos desviamos del tema: la dirección de los centros artísticos. A menudo tenemos la imagen que quien trabaja dirigiendo temas artístico tiene una sensibilidad especial y una manera de hacer diferente por el simple hecho de gestionar cultura y artes. La verdad es que, por la experiencia acumulada -y no me gusta mucho apelar a la experiencia-, me atrevería a decir que esta sensibilidad tiende a ponerse más de manifiesto en la gestión de los pequeños equipamientos que no paso en los grandes transatlánticos culturales de nuestro país. Lo digo porque, en una escala más reducida de personas, todo el mundo debe acabar siendo polivalente y, desde la dirección hasta la mujer de la limpieza, entienden que están en un mismo colectivo y se sienten partícipes de un proyecto y que no sólo son un número. Una metodología difícil de implementar en los grandes equipamientos, en el que el número de personas es mayor y, básicamente, donde el obsoleto sentido piramidal de funcionamiento preexiste como una losa en el desarrollo empresarial y cultural de nuestras sociedades.

arte compromiso

Y todo esto me vino cuando reflexionaba -un acto humano que me gustaría hacer más menudo- sobre la nueva dirección del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. En primer lugar, no creo ni en los concursos -un debate que tuve hace tiempo a las redes con Xavier Antich-, ni en el modelo impositivo: el político pone a dicho alguien. Creo que hay campo para correr y para estudiar modelos de designación por otros insumos de meritocracia cultural y humana. Y si ahora tuviera que hacer la carta a los Reyes, gustar por gustar, habría preferido -esto ya es personalismo ciento por ciento- Montse Badia o Pilar Parcerisas, aunque sé que no se ni presentar. Quizás no se querían chamuscar dentro del desbarajuste actual que representa el Macba, a pesar de los esfuerzos de muchos trabajadores cualificados. Básicamente, hice esta elección porque pienso en su profesionalidad al frente de sus proyectos y, por qué no decirlo, habría supuesto poner un acento femenino en la masculinizada dirección de todos los centros de referencia públicos del país: Pepe Serra (MNAC ), Vicenç Villatoro (CCCB), Ferran Barenblit (Macba), Jaume Reus (Arts Santa Mónica) … Creo que todavía hay muchos temas de género para corregir, no por cuota, no porque la gente que hay no sea eficiente, sino porque los tiempos están cambiando, o eso me gustaría creer.
Y, por supuesto, hablar de la dirección (ya sea en su vertiente artística como gerencial) de estos grandes centros es lo mismo que hablar de los altos directivos de las grandes compañías. Movilidad alta, caducidad alta, que provoca que el compromiso con su centro sea menor y que esté más enfocado a engrosar y proyectar el currículo propio, que a entender las necesidades de proximidad. Aparte de eso, hay que añadir una continua interferencia política, ya que la cultura es un fuerte instrumento de comunicación. Y este es el peor panorama que podemos esperar. Quizás profundizar en los ejemplos de los empresarios Cristóbal Colón (cooperativa La Fageda) o Ricardo Semler (SEMCO Brasil) nos podría dar algunas pistas; o mirar, incluso, el espíritu de la Delfina Entrecanales, a quien pude conocer y que nos enseñó su fundación en Londres. Todos ellos nos pueden servir para aspirar a nuevos modos de funcionamiento cultural.

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